Réamhra /
secrets

Agnar O'Sullivan es un joven de veintiocho años de procedencia irlandesa, en particular de Kinsale.
De metro setenta y ocho, ojos marrones y tez ligeramente morena, algo sorprendente debido a que no suele estar en espacios abiertos en demasía. De complexión fuerte, pero delgado.
De carácter afable pero distante. No suele participar en actividades sociales y, si lo hace, sus aportaciones son escasas.
Trabaja en la institución Magnus como archivista, encargada de recopilar testimonios y objetos paranormales.
Desde los veinticinco años es el avatar de la entidad La Espiral. Tras su sacrificio, esta le proporcionó una serie de habilidades especiales.

Litreacha /
secrets
Origins.
— ¡Oh! ¡Funciona! ¿Qué has estado grabando? ¿Algo terrorífico?La criatura, que podría asemejarse en apariencia a una especie de maniquí, habló. Su voz era cantarina y animada pero raspaba lo mecánico, como si no le perteneciera y fuera una máquina quién hablase por ella; como si en vez de cuerdas vocales tuviera una caja de voz enganchada en el pecho.Friacha la observaba con crueldad, toda la que aún le quedaba en el cuerpo. Trató de responderle, pero la mordaza que cubría su boca se lo impidió.— No sabía que todavía fabricaban este tipo de cintas. — Movía entre sus largos dedos una grabadora, observándola con detalle.— ¡Holaaaa! —Cantó.— Me pertenece ahora, no podéis recuperarlo.El archivero no podía recordar cómo había acabado en aquel sótano, mucho menos el cómo le habían terminado atando a una silla que parecía a punto de romperse con cada balanceo que daba. Trató de forzar los agarres, pero estos parecían estar sellados con algo pegajoso, húmedo. Su única opción era romper la silla.— Sois nuestros oyentes, ¿no? Los que trabajáis en el archivo. ¿Puedo llamaros oyentes?Lo que parecía ser un maniquí le miró, ojos saltones y vacíos recorriendo cada pequeño tramo de su cuerpo. Terminó riendo, dando un par de pasos en su dirección. La habitación tenía la suficiente luz como para que Friacha pudiera distinguir el movimiento entre la oscuridad y ver el destello de sus ojos, como si de un depredador se tratase.— ¡Oh! ¡Claro! Casi se me olvidaba. La persona que nos está escuchando no puede vernos. Déjenme explicarles qué está pasando. Friacha está atado a una silla, Sarah quería clavarlo a ella, pero no se lo permití. ¡Veis que buena amiga soy! De nada. No podía permitírselo, claro. —Asintió para sí misma, sin quitarle los ojos de encima.— Está rodeado de muchos amigos, son estatuas hechas de cera. No están bien hechas, claro que no. Son extrañas y deformes. Han sido creadas de manera que casi puedes sentir cómo respiran, cómo se les estremece la piel… —Suspiró, ilusionada.— ¡Es precioso!Friacha se quejó, gruñendo y mordiendo la mordaza mientras trataba de hacer que la mujer se callase. Lo único que consiguió es que esos ojos lo mirasen con desaprobación.— ¡Guarda silencio! Te parecerá bonito interrumpirme mientras que estoy hablando con nuestros oyentes. ¿Puedo llamaros oyentes? No habéis educado bien a este. Es un desagradecido.Un ruido, al otro lado de la puerta, interrumpió nuevamente al maniquí. Una voz se escuchó a lo lejos, una que parecía estar llamándola. Con una mueca que jamás debería haberse formado en sus facciones casi moldeadas, dejó la grabadora junto a los pies del archivero.— Parece que me llaman, tengo que irme, Friacha, ¿puedo llamarte Friacha? Es una pena que no puedan verte por última vez, al menos no en carne y hueso. Vendré luego, para prepararte. No podemos arrancarte la piel en las condiciones en las que se encuentra, claro que no.Sin más, la mujer abrió la puerta y el ruido de la lluvia y el olor a humedad descolocó al hombre, que no sabía cuánto tiempo llevaba encerrado en aquel sótano. La lluvia se quedó con él en la habitación, podía escucharla a pesar de la falta de ventanas. Había pasado a ser el único sonido que inundaba aquel cuarto además de su propia respiración.El ruido de una puerta abriéndose lo sobresaltó, era un crujido extrañamente familiar, además de la estática que lo acompañó, que consiguió ponerle los pelos de punta. Un escalofrío le recorrió el cuerpo e, inquieto, trató de ver más allá de las sombras. La risa que resonó hizo eco en las paredes, silenciando cualquier tipo de sonido que pudiera venir del exterior; era pesada y estridente, sonaba como una interferencia, algo completamente inhumano.No tardó mucho en encenderse la luz del cuartucho, la figura de Agnar recorriendo la habitación con una tranquilidad casi perturbadora.— Oh… Oh, Archivero. ¿Qué has hecho ahora? Te ves tan patético.Friacha reconocía esa voz, reconocía las suaves facciones que enmarcaban la sonrisa de la criatura. No se parecía en nada a la calidez que una vez le había transmitido; esta era fría, calculada y, de algún modo, parecía estar cargada de sorna.— Es casi una pena que nuestro reencuentro tenga que ser de esta manera, ¿no crees? Dejarme allí abandonado en Rusia… Cobarde, incluso viniendo de ti.Una vez que se encontró detrás de la figura del archivero, le quitó la mordaza, tirándola a un lado mientras se agachaba, soltando una a una las amarras. Friacha no se movió, demasiado descolocado como para poder pronunciar todavía algo coherente. Una vez suelto, Agnar volvió a colocarse frente a él, una mueca de asco en sus labios mientras se quitaba los guantes y los tiraba al suelo. De poco servían ahora que estaban manchados.— Haz tus preguntas. —Anunció al ver que su antiguo jefe no hablaba.— ¿Qué?— Sé que tienes preguntas, hazlas. Es a lo que te dedicas, ¿no es así? A hacer preguntas, a entrometerte en la vida de los demás y a ver. ¿Cuánto tiempo estuviste observando a Agnar? ¿Años, tal vez? —El cinismo era casi palpable y sus agudos ojos, a la pobre luz de aquella excusa de bombilla, hacían sus rasgos casi gatunos.— ¿C-Cómo me has encontrado? —Fue capaz de pronunciar, su voz áspera debido al esfuerzo.Agnar río y su risa sonó amplificada por la habitación, distorsionada.— El Ojo observa y El Extraño oculta, ¿pero yo? Yo miento, archivero. Soy la encarnación del engaño en esta tierra. No pueden ocultarte de mí. Nada puede.Friacha lo observó preocupado y, al mismo tiempo, interesado. Sabía lo que había ocurrido con Agnar, él mismo había aceptado su destino, pues sabía que la muerte, realmente, nunca le llegaría. Lo que no se imaginó fuera que llegara a convertirse en esto. Sus ojos, de manera casi involuntaria, se quedaron fijos en su pecho. Agnar lo notó.— ¿Quieres saber cómo sobreviví, Archivero?— Callum te apuñaló. —Sentenció, su voz más firme de lo que él se sentía.— Oh, claro que lo hizo. —Respondió la criatura entre risas, desabrochándose la camisa en largos y ágiles movimientos. La echó hacia un lado, lo suficiente como para que la cicatriz de la puñalada fuera visible.— Bonita, ¿no crees? Una pena, en realidad. Este cuerpo estaba impoluto antes de que ese ojo tuyo lo mancillara.El desdén y la satisfacción hicieron dudar a Friacha, que alzó la vista casi en pánico. Pareció encontrar la respuesta en la sonrisa ajena, tan demente e impropia.— Tuve que matarlo. Estaba ocupando mi puesto. —Concluyó Agnar, volviendo a colocarse la camisa.— ¿También has venido a matarme? —Preguntó por fin.Agnar titubeó, haciendo un gesto y una mueca que no le daban indicación alguna de si esas eran o no sus intenciones.— No es mi trabajo hacerlo, no. Me gustaría que la institución Magnus continuara en pie. Puede que yo no tenga el interés que Agnar tenía por ayudar a la gente, —Lo miró y le culpó sin decir nada.— pero sí tengo curiosidad e intenciones. Intenciones de parar lo que El Extraño quiere hacer. Verás, Archivero, interfiere con mis necesidades, mis planes. Y, tristemente, mis planes te incluyen a ti, con vida. Agnar te quería, además. Tómate eso como un motivo más para no matarte, por ahora.La explicación le encogió el corazón al archivero, su expresión tornándose sombría mientras que la de Agnar pecaba de indiferencia. En aquel estado, en aquel cuerpo, pocas cosas le importaban.— ¿Está eso grabando? —Preguntó, señalando con la cabeza la grabadora. Friacha asintió.— Perfecto. Por qué no grabamos un testimonio, ¿qué te parece?— ¿Por qué querrías grabar un testimonio?Friacha le miró como si estuviera loco, pero es que todavía no era capaz de comprender cuán diferente era su Agnar, el que él había admitido en la institución recién graduado, del que él mismo había condenado.— Quieres saber mi historia, ¿no es así? Quieres saber qué ocurrió el día que Callum mató a Agnar.— Tú eres Agnar. —Frustrado, trató de corregirlo. Era él, en carne y hueso. Lo veía, le había tocado.— Para de hablar de ti mismo como si no fueras él.— Yo no soy Agnar. No siempre he sido Agnar. No quiero ser Agnar. Ser Agnar ha hecho que todos los propósitos que tenía hayan muerto conmigo. Ha arruinado mis planes para este mundo, tanto como para tener que cambiarlos.— Eso es ridículo. Tú eras el archivero. Mi archivero.— No.— ¿No? Te conozco, Agnar.— No. —Repitió, enfurecido.— Tú conocías a Agnar.— ¡¿De qué cojones estás hablando?!— Silencio, Archivero. —Le interrumpió, echando un vistazo rápido a la puerta.— Si quieres que te saque de aquí, será mejor que no alzes la voz o nos descubrirán. —Una parte de él todavía le odiaba, todavía odiaba a la persona que una vez quiso.— La persona que tú conociste no era yo, era Agnar. Cuando esa persona era Agnar, yo era algo diferente, pero ahora soy Agnar y esa persona ha muerto.Quería vomitar, sentía como la bilis le subía del estómago. Pero tragó, tragó porque una parte de él le decía que aquel ser tenía razón. Él no podía ser Agnar. Agnar nunca le sonreiría como si le quisiera muerto.— Entonces, qué, ¿te convertiste en él?— Tanto como él se convirtió en mi. Es raro que alguien encuentre la manera de convertirse en mi, pero a veces ocurre. Tú deberías saberlo, estoy seguro de que confiabas en que Agnar sobreviviera, si lo conocías tanto como fardabas hacer. Sabías que Agnar sabría qué puertas abrir, por qué pasillos coger y qué espejos debía romper. Confiabas en que tu chico fuera capaz de encontrarme. Y lo hizo. Y lo mataste.— ¿Qué ocurrió? —Se atrevió a hacerle la pregunta por fin, al borde del llanto.Agnar le observó asqueado, pues no creía que alguien como él, tan preparado para sacrificar a las personas que amaba, tenía derecho a sentir pena. Pena porque el que creía muerto, ahora se encontraba de pie frente a él, en carne y hueso o lo más parecido a aquello.— ¿Cuánto quieres que retroceda? ¿Al principio de mi creación? ¿Centenas? ¿Milenios? ¿Cómo debería definir el principio de mí cuando, de alguna manera, siempre he sido? El tiempo es un concepto difícil de comprender, Archivero. Agnar dejó de entenderlo cuando empezó a trabajar para ti. —Se burló de él, enseñándole los dientes, sus dobles colmillos.— Pero sí que te puedo contar el principio de él, de Agnar O’Sullivan. Nació y lo hizo defectuoso. Al menos su madre así lo creyó. Una alteración funcional en la corteza cerebral, una anomalía. Trágicamente, eso significa que yo, ahora, también la padezco. —Habló como si de una molestia se tratase, pero pronto sonrió, satisfecho.— Es de las pocas cosas buenas que podría haber tenido este mediocre cuerpo, en realidad. Me permite hacer mejores laberintos, me permite centrarme más en los detalles. Pero sí, Agnar. —Retomó, echando un vistazo a Friacha, que ahora lloraba en silencio.— Cuando solo era un niño se encontró con El Abismo. Casi pierde la vida en él, uno de sus mejores amigos lo hizo. Nunca se llegó a recuperar del todo de su pérdida, pero nunca creyó en lo paranormal, claro. No hasta que llegó a vosotros, a la institución Magnus. Era un archivero prometedor, uno de los mejores si me lo permites. El Ojo lo quería para él, pero yo llegué antes, mucho antes de que pudiera convertirlo en suyo. ¿Crees que lo hubieras preferido así, Friacha? ¿Si todavía Agnar fuera el dulce chico que todavía recuerdas? ¿Si fuera uno de tus títeres?Agnar se atrevió a acercarse a él, sus manos frías como los témpanos agarraron con firmeza el mentón del hombre y lo obligaron a mirarle de cerca, a ver como el cálido brillo que una vez inundó los ojos del menor ahora había sido reemplazado por uno terrorífico, ni un trazo de bondad en ellos.— Él te quería, ¿lo sabes? Te quería como si fueras de su propia familia y tú decidiste que era mejor deshacerte de él, dejar que se muriese mientras Callum huía en un barco y dejaba su supuesto cadáver enterrado en una cumbre de escombros. No creías que fuera a volver, ¿verdad? —Su tono era bajo, rozaba lo meloso. Pero sus palabras estaban envenedadas, cargadas de un dolor que el ahora-Agnar no reconocía como propio.— El pobre Agnar se quedó días ahí bajo la nieve. Casi no pude tomar su cuerpo debido a lo débil que se encontraba. Pero lo hice.Agnar clavó las uñas en el rostro adverso, lo hizo hasta que tenía los dedos manchados de sangre y Friacha se tuvo que morder la lengua para no gritar del dolor que sentía, de como le ardía la piel donde le tocaba.— ¿Sabes lo que Agnar vio dentro de mí, Friacha? —Le obligó a negar, sonriendo complacido por la falta de resistencia.— Agnar no se volvió loco, aunque si alguien le hubiera dicho lo contrario él no le habría creído. La mente no es tan frágil como la mayoría de humanos creen. Es maleable, manipulable. Puede deformarse y reconstruirse, aunque las marcas de lo que una vez fue se queden ahí. Si Agnar creía que había perdido la cabeza era porque, incluso aunque supiera que lo que se alzaba frente a él era real, no era algo que pudiera comprender o aceptar. No te puedes imaginar la agonía que sentí cuando me vi reducido a esta deplorable forma. Podría haber sido tan grande, tan imparable.Le soltó, desquiciado, únicamente para tomarlo por el cuello y hacer presión con ambas manos. Friacha no fue capaz de reaccionar a tiempo, aferrándose a las muñecas ajenas como si la vida le fuera en ello. No era capaz de hacer fuerza, de enfrentarse al monstruo que él mismo había creado, incluso cuando este le estaba intentando matar.— Todo lo que quedó de él fui yo. Lo que Callum dejó atrás, lo que abandonó sin pensar en la sonrisa que había acompañado cada una de sus mañanas, fui yo. Mi propia existencia reducida a algo tan lamentable como era el dulce corazón de un niño, uno que todavía tenía esperanzas por construir un futuro mejor. Decidisteis perderlo a él y reducirme a mí, hasta verme obligado a alimentarme de nuevo de las malditas y confundidas almas de patéticos mortales.Hasta que no notó como el agarre en sus muñecas flaqueaba, no lo soltó. Se sacudió y acomodó la ropa, manchándola de sangre en el proceso. Le echó un vistazo a la deplorable figura que, una vez, una parte de él tanto admiró. Friacha lloraba y se estremecía, ahora reducido a un mar de lágrimas en el suelo, aferrándose a la grabadora que una vez había pertenecido a Agnar, a su Agnar.— No voy a matarte, Archivero. —Repitió, una puerta que nunca debería haber existido formándose al otro lado de la habitación.— Ya te he dicho que te necesito con vida y quiero el trabajo que una vez tuvo Agnar y Callum. No voy a permitir que El Ojo actúe sin mi supervisión.Friacha tardó en recomponerse, tanto como para que Agnar terminase por alzarlo por el brazo con cierta brusqueza, obligándole a caminar.— Abre la puerta.Demandó, su tono de voz ronco y deseoso. Friacha no se dio cuenta de la malicia detrás de sus palabras, pues el peso de haber matado a una de las personas más cercanas a él le había caído como un balde de agua fría. No había sido consciente de ello hasta entonces, hasta que le había obligado a mirarle a los ojos.Friacha abrió la puerta pero, lo que había detrás de ella era un pasillo sin ventanas o espejos. Este se bifurca en tres caminos y, cuando pudo ser consciente de ello, la puerta se había cerrado y el sonido estático había vuelto.— Un humano puede sobrevivir de tres a cinco días sin agua, Archivero. —Resonaron sus palabras y su risa por el largo y liminal pasillo, la distorsión en su voz estremeciendo al hombre.— Debería dejar de llamarte Archivero, ¿no crees? Ahora que ese título me pertenece. Sobrevive, Friacha. Volveré a por ti cuando todavía te quede algo de vida.Sus últimas palabras fueron acompañadas de una estruendosa carcajada y de más estática; era como si retumbara por los pasillos y se apoderase de cada rincón de aquel laberinto. Friacha se dejó caer en el suelo, abatido. Aquel monstruo, esa criatura que una vez le había mirado con los ojos más dulces del planeta, había sido corrompida. Todo por su culpa, todo porque creía que, si lo hacía, podría recuperarlo de alguna manera. Pero ahora que lo había visto, que había sentido sus frías manos rasgarle la piel, sabía que no. Sabía que, si con el paso de los años volvía a sentir la misma calidez que una vez sus manos transmitieron, habría algo más detrás de ellas, algo aterrador.
Childhood memories.
— Me preocupa.Habló su madre, una anciana mujer que hacía años que se paseaba por las calles de aquel pequeño pueblo, siempre envuelta en un chal hecho a mano por su difunto marido. Era una señora amable, siempre sonriente y abierta al resto. Juzgaba con rapidez, pero casi siempre de forma certera. La edad, por desgracia, la había vuelto un poco testaruda y asustadiza.
Su sobrina, una corpulenta mujer de casi dos metros asintió, observando cómo Agnar continuaba con su lectura, tarareando una melodía cualquiera por lo bajo.—¿Qué te dijo el doctor cuando fuisteis a verlo? — Preguntó, llevándose la humeante taza de café a los labios.— Que podía tener algún tipo de problema. El chico es listo pero se niega a hablar, a pesar de que sabe cómo hacerlo. — Llamó entonces la atención de Agnar, haciéndole un gesto para que se acercara. Agnar lo hizo reticente, llevándose el libro consigo que tan enganchado lo tenía. La mujer, a duras penas, lo subió a su regazo. — Canta para la prima Nessa, cariño.Agnar lo hizo, contento de poder complacer a las mujeres. A pesar de tener diez años, el joven no tenía mala voz. Era melosa y había atraído la atención de más de una persona del pueblo, más aún cuando sabían que provenía del joven que nunca hablaba. Cualquiera diría que era capaz de calmar la peor de las tormentas.Nessa asintió, pensativa, llevándose la mano a su barbilla, cerca de sus labios, para decirle “gracias” en lengua de signos. La sonrisa del niño era tan amplia y brillante que, en vez de responderle como era debido, se acercó a su prima como pudo y unió ambas narices en un beso de esquimal; eran sus favoritos. Volvió entonces su atención a su madre, pidiéndole en silencio si podía marcharse.— Vete, vete. Continúa leyendo, pequeño gatito. — Le alentó con una triste sonrisa, dejándole de nuevo en el suelo para que el joven pudiera marcharse corriendo al pequeño rincón de la casa que había convertido en propio.— ¿Entiendes?— Tal vez el chico simplemente no quiere hablar. — Propuso Nessa, que se despidió de su primo con la mano y una cálida sonrisa.— ¿Le hicieron las pruebas para el…?— Sí, sí. Todas ellas. A eso me refiero con que creen que tiene un problema. — Le interrumpió rápido su tía, que no quería que su hijo se enterase de su condición.— Pero eso no puede ser, ¿no? Míralo, es tan dulce.— Sabes que no pasa nada si el chico es autista, ¿verdad? — Nessa se llevó una mirada de reproche, la mujer que descansaba junto a ella horrorizada por la mención de la condición que parecía padecer su hijo.— Le costará un poco más relacionarse con los demás, pero Sully es listo. Aprenderá.—Tú no lo entiendes, Nessa. Ese niño está condenado si sale como su padre.Nessa se negó a continuar la conversación, dándole un último y largo sorbo a su café antes de acercarse al pequeño Agnar que acababa de terminar su libro y sus pequeñas manos ya estaban en busca de otro.—Sully, gatito. Ven conmigo, vamos a darnos un paseo por el pueblo. — Le pidió su prima, a lo que Agnar asintió energético, poniéndose de pie de un salto y tomando su mano.— Lo traeré antes de que caiga el sol.— Le indicó a su madre que, simplemente, se quedó mirando a su hijo con una tristeza que Nessa no podía soportar.El paseo por el pueblo fue silencioso salvo por algún que otro sonido emocionado que soltaba Agnar al ver algún pájaro volando o a los perros de uno de sus vecinos corriendo libremente por las calles. Nessa lloraba en silencio, apenada por el destino que le esperaba a su primo si se quedaba encerrado en aquel lugar.El chico era inteligente; entendía conceptos más rápido que nadie, era capaz de resolver problemas que ni los padres de Nessa habrían sido capaces de comprender a pesar de la edad y educación que tenían. El futuro que le esperaba a Agnar en aquel pueblo era uno sombrío; uno en el que nunca sería capaz de descubrir y aprender todo lo que quería, todo lo que su mente le pedía.Los niños del pueblo, además, no disfrutaban de su compañía. Creían que era raro y no comprendían por qué no hablaba o se comunicaba como el resto. Nessa y él habían intentado enseñarles lenguaje de signos, pero ninguno había querido perder su tiempo en hacerlo. Así que Agnar había optado por ignorarlos y centrarse en sus libros y en los animales; en la naturaleza que lo rodeaba y que tanto amaba.— Nessa.La llamó Agnar en silencio, tirando de su mano una vez que llegaron al final del pueblo y se encontraban en la entrada del frondoso bosque que lo rodeaba. Su prima se giró a verle, sorprendida y azorada por haber escuchado su nombre salir por primera vez de los labios del niño. Agnar tenía los ojos brillosos y pequeñas lágrimas habían comenzado a descender por sus mejillas antes de que pudiera pronunciar cualquier otra palabra.Nessa se puso en cuclillas frente a él, posando ambas manos en las mejillas adversas con una delicadeza y un amor que hizo a Agnar sollozar. El chico se sorbió la nariz, tratando de recomponerse antes de poder hablar de nuevo. Sabía que su prima estaba muda, petrificada por su aparente nueva habilidad.— No quiero que mamá me odie. —Fue capaz de decir por fin entre hipidos, rompiendo en llanto de nuevo. Su prima le abrazó, le abrazó tan fuerte que lo acabó cogiendo en brazos.— Desde que fuimos al médico, —Intentó continuar.— me mira triste, como si hubiera hecho algo horrible. ¿He hecho algo mal? ¿Cómo puedo hacerla feliz de nuevo?Nessa no fue capaz de hablar, pues sus propias palabras murieron con el nudo en la garganta que se le formó por el llanto. Debido a la edad que tenía su tía, Nessa había sido quién había educado a Agnar la mayor parte de su vida. Había sido su tutora y una hermana mayor para él. Aquel chico era su vida entera. Pensar que llevaba tanto tiempo pudiendo hablar y que sus primeras palabras fueran aquellas la horrorizaba, le partía el corazón en mil pedazos.— Mamá te quiere. Todos te queremos. Eres nuestro pequeño gatito. —Le murmuró como pudo Nessa, incapaz de alzar la voz sin que esta se viera interrumpida por las lágrimas.— Pero eso no es cierto. —Replicó él, molesto y dolido por la aparente mentira.— Si fuera así no me forzaría a jugar con los otros niños. Yo no quiero jugar con ellos, son malos. Lo único que saben hacer es daño. Si me quisiera no me obligaría a hacer cosas que sabe que me hacen daño.La mujer lo acunó entre sus brazos, pensando exactamente en qué le debería decir. Sabía que no aceptaría cualquier tipo de respuesta, pues siempre había sido un niño muy directo a la hora de hacer saber al resto cuando algo no le complacía o no se lo creía. Por ello, Nessa comenzó a caminar, llevándolo a las profundidades del bosque donde sabía que el chico se relajaría y ella podría pensar.Agnar nunca había sido bueno en sitios abiertos y, cuando tenía siete años, había tenido un pequeño accidente al borde de un acantilado que le había causado un extraño pavor a las alturas y a los espacios abiertos. En las conversaciones que había tenido con él al respecto, Agnar había hecho ferviente hincapié en sus gestos, intentando hacerle entender de que se había pasado horas cayendo, en vez de los segundos que todos habían presenciado. Sin embargo, la frondosidad del bosque siempre le había ayudado a relajarse, incluso cuando los ataques de ansiedad y de pánico le impedían pensar o respirar.El camino, antes cubierto de una pesadumbre y amargura por el llanto del pequeño y de ella, se vio poco a poco envuelto en un silencio apacible, más a medida que los árboles iban comiéndose todo a su paso. Únicamente cuando dejaron el pueblo atrás y allá por donde mirara solo se veía el bosque fue que Agnar se calmó, pidiendo a su tía que lo dejase en el suelo. Se pasaron puede que cerca de una hora en silencio, simplemente disfrutando de la canción de los árboles y del murmullo de los animales.— Sabes, —Habló su tía, que ya se había podido recomponer.— no pasa nada si eres un poco diferente al resto. Ellos podrán decirte lo que quieran, pero tú siempre sabrás la verdad. Y la verdad es que eres el niño más bueno y dulce que he conocido.No esperaba que su primo le respondiera o le creyese, pero ella buscó su mirada entre los árboles y le sujetó las manos con mimo.— Puede que no te interese, ni te guste el hablar con el resto. Eso está bien, no pasa nada. Nadie te debe obligar a hacerlo. No deberías sentirte forzado a actuar o a hacer cosas que no quieres, incluso cuando los demás las esperan de ti.— ¿Incluso Tim? —Preguntó Agnar a media voz.—Incluso Tim no puede obligarte a hablar si no quieres. Eres tú quién debería tomar esas decisiones. —Aseguró con firmeza, su tenue sonrisa ampliándose al ver que la mirada de Agnar, que solía estar perdida, se centraba en ella.— Puedes moverte, hacer y decir lo que quieras si quieres hacerlo. Nadie te debería juzgar por las preguntas que quieras hacer o por las que no quieras contestar.Continuó hablando, consiguiendo que el niño se removiera feliz frente a ella, moviendo sus manos en repetidos movimientos mientras sonreía. Las lágrimas amenazaron de nuevo en hacer presencia y Nessa las dejó, pues quería darle un buen ejemplo a Agnar.— Agnar, cariño. —Le llamó, pues su atención se había vuelto a perder en el follaje del bosque.— ¿Te gustaría venirte a vivir conmigo a Cork?La pregunta consiguió romper el encantamiento que parecía rodear al niño, sus facciones tornándose amargas antes de terminar en una expresión neutral, casi ilegible para los expertos ojos de su prima. Aquella expresión era la que lo solía acompañar en su día a día. Un incomprensible y duro semblante que nunca debería decorar las facciones de un niño que era capaz de deslumbrar al sol con su emoción.— ¿Crees que eso hará que mamá vuelva a ser feliz? —No lloró al hablar, pero el brillo en sus ojos estaba tan apagado que Nessa sintió como alguien le estrangulaba el corazón.Le apretó las manos, intentando darle la confianza que ni ella misma parecía tener. Sabía que era lo mejor, por muy arriesgado que fuera. Quería que aquel niño creciera feliz y se sintiera aceptado.— La tía se pondrá triste porque te vengas a vivir conmigo. —Le habló como a un adulto, firme y sin dejar lugar a especulaciones. Aquella era una decisión importante y sabía que Agnar querría tratarla como tal.— Pero tú podrás leer cuantos libros quieras. Podrás conocer a más gente que no te obligará a hablar con palabras y podrás estudiar e investigar cuánto te plazca. La ciudad es grande y es bonita, no sentirás que el cielo se te viene encima. Podrás aprender mucho más que si te quedas aquí.Agnar le miró, analizando y procesando cada una de sus palabras. Echaría de menos el bosque, sin duda, pero por los libros sabía que había muchos más que podría explorar, aunque no fueran los conocidos árboles que le habían acompañado desde que había nacido. No le gustaba el cambio, lo aborrecía. Le ponía nervioso y a veces le hacía gritar, sentir una necesidad horrible de salir corriendo. Sabía que, si decía que sí, le llevaría semanas sentirse cómodo de nuevo en su propia piel, pues tendría que volver a acostumbrarse a ruidos que nunca había escuchado y personas que jamás había visto.— Está bien. Me iré contigo.Concluyó, asintiendo. No había trazo de sonrisa alguna en sus labios, pero sus ojos habían recuperado aquella pequeña chispa que Nessa tanto conocía. A Agnar le gustaban los retos, siempre los había disfrutado y detestado al mismo tiempo. Si aquello se lo planteaba como tal, sabía que el chico podría intentarlo todo.— Vamos a hablar con la tía entonces. Cuando lleguemos a Cork, te regalaré una guitarra y un piano y te enseñaré todos los libros de historia que tengo. Podrás aprender cuántos instrumentos quieras y leer tanto como puedas. —Le aseguró su prima, que todavía le daba vueltas a la decisión.Era lo mejor, de eso estaba segura. Lo único que podía pedirle al cielo era que tratase a Agnar con un poco más de paciencia, un poco más de cariño. Estaba segura de que su primo podría con aquello y mucho más.Si hubiera sabido que su decisión la llevaría a aquel espacio atemporal, puede que se lo hubiera pensado un poco más, puede que hubiera intentado mantener a Agnar un poco más cerca de ella.Si cortarle las alas hubiera supuesto mantenerlo con esa felicidad que tanto lo caracterizaba, le hubiera arrebatado la libertad sin pensárselo.
Fiosracht /
secrets
// Roimh
Desde una temprana edad, Agnar siempre había observado las bibliotecas y las librerías con una añoranza que su familia jamás pudo comprender.
A los 21 años, se graduó con honores de la carrera de archivística.
No se esperaba que encontrar trabajo como archivero fuera a ser algo tan complicado. Por lo que, a los 22, tras unas exhaustivas prácticas en el Archivo histórico de Kinsale, se encontró pidiendo trabajo en la institución Magnus.
Durante los primeros meses de su estancia, Agnar seguía siendo el mismo chico reservado e introvertido de siempre.
De carácter y personalidad dulce, el joven en su tiempo libre se la pasaba visitando museos, cafeterías y librerías en busca del rincón más cálido dónde poder asentarse durante unas horas a, simplemente, existir.
Siempre había sido una persona afable y amable, aunque algo inseguro cuando de interacciones sociales se trataba. Sentía más afinidad por los animales y las personas, algo que, en su mayoría, la gente encontraba más entrañable que molesto.
Sus compañeros de trabajo siempre cuestionaban su constante estado de paz, pero agradecían la calma.
// I rith
Agnar había tenido sus experiencias paranormales, como todo el mundo en algún punto de su vida. Aún así, era un escéptico, motivo por el cual creyó que trabajar en el instituto Magnus sería algo sencillo.
El instituto Magnus tenía renombre por ser uno de los institutos más antiguos de toda Irlanda, llegando a tener sedes por todo el mundo. El único motivo por el que la mayoría de personas, y muchos periódicos, los trataban como... Ineptos, era debido a que el papel del instituto era recopilar experiencias y salvaguardar objetos con procedencia "sobrenatural".
El irlandés, claro está, no se creía ni palabra. Aquello eran cuentos, historias para no dormir. Por ello se veía más que capacitado en ser el Archivador principal, encargado de tomar testimonios y organizar el caos que parecía inundar la institución con tantos objetos e historias.
Era un trabajo sencillo, aunque a veces tuviera que volver a casa a las cinco de la mañana, si es que volvía.
Culparía entonces al trabajo, al estrés y a la ansiedad por su lenta descensión a la locura.
No podía ser otra cosa más que la falta de sueño, claro. Nada más allá de lo normal.
// Tar éis
A los 25 años fue la primera vez que se enfrentó a su primera criatura de frente. Unas escaleras sin final. Se pasó días, tal vez semanas, subiendo esas escaleras, incapaz de salir de aquel bucle. Para él fueron horas. ¿para los demás? El que apareciera un mes después sin explicación alguna dejaría a la policía sin palabras.
Veía señales por todos lados. No había un rincón del planeta que no tuviera algo que pudiera relacionar con una red incomprensible de signos.
Puertas que aparecen y desaparecen, laberintos infinitos dónde debería haber un mero pasillo.
Mentiras, tantas mentiras y ninguna explicación.
El tiempo y el espacio dejaron de tener sentido al cabo del tiempo. Ningún objeto parecía ser lo suficientemente tangible y los espacios abiertos... Huía de ellos.
Pero dentro del caos había algo placer. Una locura casi reconfortante.
Se había acostumbrado tanto a su constante estado de paranoia y confusión que, el día que junto a uno de sus compañeros de trabajo lo sacrificó en pos de detener a una entidad, sintió paz.
Le duró poco, pues despertar cubierto de tu propia sangre nunca es una experiencia agradable.
Scéal /
secrets
Estamos trabajando en ello.





